Martes, 12 de diciembre de 2017 - 17:43 h

Segovia. " La Ciudad"

 

"Cuando los antiguos segovianos decían esta palabra, se advertía la expresión de orgullo que tomaban al pronunciarla. “La ciudad” era la cabeza de las aldeas de su comarca y los habitantes de la “Comunidad y Tierra” tenían en ella, como sus antepasados desde los albores de la Historia, mercado, fortaleza y santuario. Es, sin duda, la ciudad, como conjunto urbano lo que el forastero debe contemplar ante todo. En otras poblaciones, famosas por la acumulación en ellas de obras de arte, el interés de la visita suele consistir en el goce de determinados valores artísticos: edificios, cuadros, esculturas. En Segovia la más emocionante de las obras de arte es la ciudad en sí misma, labrada por los siglos y por la Historia en una situación de excepcional belleza.

 

 

                   Panorámica de Segovia. Óleo sobre tabla de José Orcajo. Colección Centro Segoviano de Madrid  

 

El lugar de su emplazamiento es de aquellos que codiciaría cualquiera de los héroes antiguos que se hicieron famosos como fundadores de urbes. El caserío, ceñido por las murallas, se aprieta sobre la cima de un peñón calizo, alargado de este poniente y circundado por dos arroyos cuyo mezquino caudal es suficiente para crear uno de esos “oasis” que surgen en la aridez de la España esteparia en donde hay un poco de agua. Como en La Alhambra, trepan las arboledas por la ladera, hasta los mismos muros almenados. Las frondas del Eresma, con sus grandes olmos, sus pobos y sus castaños han gozado fama desde antiguo de lugar deleitoso y umbrío. En el hondo y estrecho barranco de Clamores, los chopos buscando el sol, se han ahilado como saetas agudas que apuntasen al cielo. La arquitectura que han ido creando las diversas generaciones se han ceñido a este paisaje de manera que parece fundirse con él en forma y color. A veces no es fácil discernir de la peña caliza, disgregada, llena de socavones, que finge viejas fábricas derrumbadas, las murallas decrépitas que se despeñan por el barranco o trepan hasta la cumbre. Con las afiladas saetas de los chopos, a los cuales el otoño viste de un oro pálido, se conciertan los chapiteles de Alcázar, los haces de pináculo de la catedral, los finos campanarios esculpidos de las iglesias, las torres de los palacios.

Por esto, no perdería el tiempo quien, sin entrar en el recinto murado, se limitase a contemplarle desde cualquiera de los lomas que lo rodean, sino que ya podría decir que había visto “lo que hay que ver” y que había gozado de emoción suprema de la ciudad, y sin duda de una de las más intensas de su vida, por muchas que hayan sido sus actividades de viajero. Desde el cementerio del Ángel tendrá ante los ojos un primer término de iglesias románicas, con el fondo cerrado por la calada cortina del Acueducto. Desde la primera vuelta que da la carretera de Turégano, antes de llegar a la aldea de La Lastrilla, gozará en toda su amplitud del panorama de la vega, coronada por las torres y las murallas en forma que recuerda los menudos paisajes que sirven de fondo a las tablas primitivas. Desde los altos de la Fuencisla la masa lívida del Alcálzar resalta sobre las lejanías azules de la sierra como la proa de una gran galera que viniese sobre nosotros. Desde el pinar que ocupa, al Mediodía, el antiguo osario de los judíos, se ve cómo el caserío se asoma al barranco, abrumado por la gran pirámide dorada que forma la catedral.

La ciudad, vista desde los alcores que cierran el foso natural que la circunda; los arrabales y el campo, contemplados desde cualquiera de los miradores del recinto: esto será lo más persistente en nuestros recuerdos. Los demás, siendo excelente y persistente en nuestros recuerdos..."

 

Del libro "SEGOVIA" del Marqués de Lozoya. Editorial Noguera, S.A Barcelona (Segunda Edición 1960)